Hipocresía  Medioambiental

Otro efecto inesperado de la pandemia del COVID ha sido poner a prueba la veracidad de la agenda medioambiental de los países desarrollados. Y, como el rey del cuento, han quedado desnudos.

La economía mundial se está recuperando “en forma de V” de la recesión causada por la pandemia. Se recuperó el tamaño, pero vario su composición. La demanda incluye ahora un componente mayor de bienes que antes de la pandemia. La gente que no pudo ir al cine o de vacaciones (servicios)  se ha gastado el dinero en bienes, que requieren ser fabricados y, por tanto, de materias primas y energía.

La oferta de bienes sufre la tormenta perfecta. Primero, la demanda adicional esta siendo atendida por una capacidad instalada mundial insuficiente y constreñida por “cuellos de botella”, producto de haberse desalineado las cadenas de suplido. Como consecuencia, los inventarios de materias primas y combustibles, necesarios para el sector industrial y el de producción de energía se han reducido, disparándose  los precios. El gas escasea en Europa (los inventarios son el 70% del nivel de años previos)  y el carbón en todo el mundo, por falta de capacidad instalada y por culpa de un verano caliente que ha mantenido encendidos los aires acondicionados , ha reducido la lluvia (que ha secado presas en países europeos con hidroeléctricas) y reducido la generación eólica, porque el viento es lo único que se  ha calmado.

Uno no puede elegir lo que le pasa, pero si como reacciona ante lo que le pasa. Los países del G20 han reaccionado haciendo todo lo contrario a lo que una política medioambiental coherente con las metas autoimpuestas requeriría. Los políticos saben que sus constituyentes son verdes hasta que les afecta el bienestar o el bolsillo y, entre votos y gases de invernadero, ganan los votos.

Empecemos por el transporte. Los combustibles se han duplicado en un año. El petróleo (WTI)  ha pasado en noviembre la barrera de los US$80 / barril, de unos US$40 / barril a final de 2020. La reacción no ha sido dejar que los altos precios obliguen al ahorro. Por el contrario, destacándose Europa, la mayoría de los países (la RD entre ellos),  ha decidió subsidiar o poner topes de precios a los combustibles y al transporte, facilitando el consumo y la subsecuente contaminación. 

Pero la reacción adversa al medioambiente ante el transporte palidece comparada con la reacción ante la subida de los precios de la electricidad. El costo por Btu del gas es ahora unas cinco veces lo que era en marzo de este mismo año, rondando los USD 24/Btu y la expectativa es que siga subiendo. Cuando falta gas, la alternativa es el carbón (que también ha disparado su precio). China empezó creando cortes de energía para cumplir metas medioambientales…hasta que la producción interna de carbón se alineo y la política oficial volvió a ser la de producir lo más posible y dejar el problema medioambiental para mejores momentos. Los demás países imitarán a China

La reacción china era de esperar,  vistos los acuerdos del G20 en octubre . El club del G20, países en su mayoría ricos y  que generan alrededor del 80% de las emisiones actuales de gases de efecto invernadero en el planeta, le enfrió los ánimos al  COP26 de la ONU.  Sus resoluciones fueron poner fin a la financiación en el extranjero, pero no internamente, de  proyectos de carbón. También prometieron reducir las fugas de metano , aunque ni China (el mayor emisor de metano del mundo),ni  India o Rusia están entre los que se han comprometido con esta iniciativa.

Los países del G20 reconocieron la “relevancia clave” de llevar las emisiones netas globales a cero para mediados de siglo, eso sí,  sin especificar que 2050 es la fecha objetivo real. También prometieron fortalecer los planes nacionales para reducir las emisiones “cuando sea necesario”. Buenas intenciones sin metas concretas.

Para rematar, China ha anunciado que desea expandir sustancialmente sus inversiones en energía nuclear, una fuente “limpia”, para lo que estaría expandiendo su capacidad de producir plutonio, lo que sería bueno para el planeta. Pero nuclear no es una palabra que se puede usar impunemente en las tensas relaciones entre Estados Unidos y China. El programa nuclear chino no es del agrado de Estados Unidos. Los norteamericanos han expresado su preocupación ya que estiman que el programa nuclear chino también  elevará su arsenal de unas 200 ojivas nucleares hoy, a unas 700 en 2027 y 1,000 o más en 2030 (Estados Unidos y Rusia cuentan con unas 4,000 ojivas). 

Ente seguridad nacional y medio ambiente… tampoco gana el medio ambiente.

José Luis De Ramón |

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