La situación en el kilómetro nueve de la Autopista Duarte se ha convertido en una crisis para los miles de conductores que transitan diariamente por esta importante arteria vial. El colapso parcial de la vía, que ha ocasionado atascos, accidentes y caos en el tráfico, evidencia una realidad: la respuesta gubernamental no puede seguir siendo lenta ni superficial.
El caos que se forma esta impartente arteria que conecta el centro de la ciudad con los distintos sectores es, lamentablemente, solo un síntoma de un problema estructural más profundo: la falta de mantenimiento adecuado y la inacción en la ejecución de proyectos de rehabilitación en puntos críticos de las principales carreteras del país.
Las autoridades deben comprender que este tipo de incidentes no solo afecta la economía, sino también la vida de los ciudadanos. Cada día que pasa sin que se terminen los trabajos de ampliación, no solo se incrementan los tapones que afectan a otras arterias viales, sino que también genera pérdidas económicas por la congestión vehicular, que impacta tanto a los transportistas, los pasajeros y a las empresas.
Hoy, el país enfrenta un desafío de infraestructura que no puede ser ignorado. Si el gobierno de turno quiere ser recordado por algo positivo, debe ser por su capacidad de gestionar y resolver los problemas más urgentes que afectan al ciudadano común. La Autopista Duarte no solo es un camino, es el reflejo del progreso del país, y como tal, debe ser cuidada, mantenida y modernizada con urgencia.
Todo este estado de emergencia se convierte el principal reto de alcual ministro de Obras Pública y Comunicaciones (MOPC).

