Apagones prolongados afectan el bienestar de adultos mayores, en medio de más de 1.2 millones de averías registradas

Para muchos adultos mayores, un apagón prolongado implica mucho más que la ausencia de electricidad. El calor, la oscuridad y la alteración de las rutinas diarias pueden afectar el descanso, la alimentación y el estado emocional, especialmente entre quienes padecen enfermedades, tienen movilidad reducida o viven solos.

Esa situación quedó reflejada en la calle Aníbal Sosa Ortiz, del sector San Gerónimo, en el Distrito Nacional, donde una avería dejó sin suministro eléctrico a los residentes durante aproximadamente 42 horas, desde el 3 de agosto hasta que brigadas de Edesur sustituyeron el transformador averiado por otro de mayor capacidad tras las reclamaciones de la comunidad.

El calor alteró la rutina de una adulta mayor con demencia

Entre las afectadas se encontraba María Gladis Medina, de 98 años, usuaria de silla de ruedas y diagnosticada con trastorno neurocognitivo mayor o demencia senil.

Su cuidadora, Mari Gómez, explicó que la adulta mayor mantiene una rutina diaria muy definida: escucha una misa al mediodía, almuerza, observa las noticias, realiza ejercicios, toma café por la tarde y se prepara para dormir alrededor de las 6:30 de la noche.

Sin embargo, la falta de electricidad modificó ese patrón.

Aunque inicialmente no percibió la ausencia del servicio, al llegar la noche la situación cambió. Acostumbrada a dormir con aire acondicionado, el calor la irritó, pidió agua constantemente, intentó levantarse de la cama y tardó más de lo habitual en conciliar el sueño.

“Pasamos una muy mala noche”, recordó Gómez, quien explicó que esos episodios forman parte de la evolución de la enfermedad y que, cuando la paciente se altera, suele retirarse unos minutos antes de volver a conversar con ella.

El impacto también alcanza a quienes viven solos

La interrupción del servicio también afectó a Nelson Rafael Caffaro, de 83 años, residente del sector desde hace más de 16 años.

Durante el apagón, explicó que enfrentó el calor utilizando ventanas abiertas y un foco para iluminar su vivienda. Además de no poder ver televisión, señaló que se dañó una carne que conservaba en la nevera.

Caffaro, quien perdió la visión de uno de sus ojos y vive solo, contó que permaneció despierto hasta altas horas de la noche y celebró el restablecimiento del servicio cuando finalmente regresó la electricidad.

Otro caso fue el de Luisa Reyes, de 98 años, quien padece problemas de movilidad, alzhéimer, trombosis, hipertensión y episodios de pérdida del conocimiento.

Su hija, Milagros del Carmen Reyes, relató que durante la interrupción eléctrica su madre permaneció incómoda, inquieta y se quejaba constantemente debido al calor.

La cuidadora explicó que la televisión forma parte de la rutina diaria de su madre y que el equipo resultó averiado durante el apagón, reduciendo una de las actividades que habitualmente la mantiene entretenida.

Más de 1.2 millones de averías en un año y medio

Los testimonios se producen en un contexto de frecuentes fallas del servicio eléctrico.

De acuerdo con los datos citados, las empresas distribuidoras registraron alrededor de 1.2 millones de averías entre enero de 2025 y junio de 2026.

En el caso de Edesur, la empresa reportó 342,455 averías durante 2025 y 196,331 en el primer semestre de 2026, para un total de 538,786 incidencias, equivalente a un promedio de 29,932 averías mensuales o aproximadamente 987 por día.

Las interrupciones modifican la vida cotidiana de los adultos mayores

Los casos descritos muestran que las interrupciones prolongadas del suministro eléctrico trascienden la incomodidad propia de un apagón, especialmente cuando afectan a personas envejecientes con enfermedades neurodegenerativas, movilidad reducida o que viven sin compañía permanente.

En esos escenarios, el calor, la falta de iluminación y la alteración de actividades habituales pueden repercutir en el descanso, la alimentación y el bienestar físico y emocional, evidenciando cómo una avería en el sistema de distribución también tiene efectos directos sobre la calidad de vida de una población particularmente vulnerable.

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