Las señales para invertir en América Latina y el Caribe en el renglón de energía, particularmente en las renovables, son claras.
Para muestra un botón: El Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), «aprobó a mediados de julio US$2,740 millones para Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Honduras y Perú, que contribuirán a impulsar la transición energética».
En cuanto a República Dominicana, las estimaciones de presidencia y ProDominicana para el cierre del 2024 indican que alcanzaremos los US$4,500 millones en captación de inversión extranjera directa.
Y si bien el sector turístico es el que acapara la mayoría de las inversiones, el sector de la energía se ha ganado su lugar: en 2023, la IED a esta área fue de US$1,071 millones.
La apuesta por las energías renovables ha sido vital; una apuesta compartida entre el sector público, desde el punto de vista de la regulación y apertura, mientras que por el sector privado, la confianza y seguridad de que cada dólar invertido será salvaguardado y capitalizado.
No hay vuelta atrás; las energías renovables llegaron para adueñarse de la escena mundial y para decirle al mundo que son una apuesta segura para un futuro resiliente y amigable con el medioambiente, donde la relación entre inversionistas, sector público y usuarios es una de ganar-ganar.
Quienes todavía levantan la ceja, extrañados por el momentum renovable, deberían considerar que se trata de un sector que busca garantizar un servicio indispensable para los tiempos actuales: energía. Y qué mejor si esta es provista de forma sostenible y confiable.
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