¿Quién va a operar la infraestructura en 2035?

México. – Un ducto, una terminal o una refinería se diseñan para operar entre treinta y cincuenta años. La decisión de construirlos ya está tomada; la de quién los va a operar en 2035, no. Y esa segunda decisión se está tomando hoy, aunque nadie la esté llamando así. Quien sostenga esa operación dentro de diez años o ya está en nómina o todavía no se ha formado, y en ninguno de los dos casos el sector se está comportando como si tuviera prisa.

Los números del relevo generacional no dejan mucho margen a la interpretación. Los trabajadores mayores de 50 años representan hoy 41 % de la fuerza laboral de petróleo y gas, y los mayores de 60 ya son 18 %, cuando en 2021 eran 12 %. En el otro extremo, la franja de 25 a 34 años cayó a 19 %. En Estados Unidos, más de la mitad de la plantilla del sector será elegible para jubilarse en la próxima década. Pero lo que se va con esa gente no es una plaza que se reponga con una convocatoria: es el criterio. El operador que sabe por qué esa bomba suena distinto antes de fallar, el que recuerda qué se intentó en el paro de hace doce años y por qué no funcionó. Nada de eso está escrito en un procedimiento.

Es justo aquí donde entra la inteligencia artificial, y donde en nuestra región entra con un tabú encima. Me dedico a la capacitación industrial y visito plantas, maquiladoras y empresas de servicio, y veo el contraste de un lugar a otro: hay compañías que tienen bloqueado el acceso a estas herramientas en su propia red y hay otras que ya las integraron a su operación. Mientras tanto, 84 % de las empresas latinoamericanas declara estar en fase piloto o adoptando activamente inteligencia artificial, según el CIO Playbook 2026 de Lenovo. Les pasó lo mismo a los arquitectos cuando llegó el CAD. Pero ese 84 % conviene leerlo con cuidado: declarar que se adopta una herramienta y cambiar con ella la forma de decidir son dos cosas distintas, y solo la segunda produce resultados.

Y hay que ser claros con lo que cambia y con lo que no. Se repite que los reportes y los informes van a desaparecer; en un sector regulado eso no va a ocurrir, porque esos documentos no existen por costumbre, existen como evidencia ante el auditor y ante el regulador. Lo que caduca no es el informe, es quién lo redacta. Con las decisiones pasa igual: se puede automatizar el análisis, no se puede automatizar la firma. En hidrocarburos una decisión equivocada no es un margen perdido, es un evento de seguridad, y ninguna herramienta va a asumir esa responsabilidad por nadie. Hay además una precondición que casi nadie menciona: la inteligencia artificial amplifica el sistema de medición que ya existe. Si en la operación nadie confía en los números, lo único que se consigue es equivocarse más rápido y con más seguridad.

Por eso el caso de uso más valioso para este sector no es el que se está discutiendo. No se trata de que una máquina opere la planta, se trata de capturar el criterio del operador que se va antes de que salga por la puerta: las bitácoras, los paros, las decisiones que nunca se documentaron porque siempre hubo alguien que se acordaba. Es la primera vez que existe una herramienta capaz de hacer eso a escala, y la ventana sigue abierta mientras esa gente siga trabajando. Reconozco que esto me produce cierta inquietud: conocimiento que antes tomaba años hoy está al alcance de cualquiera en minutos. Pero lo que bajó de precio es el acceso, no la necesidad de criterio.

Cualquiera puede pedirle hoy a una máquina que le explique un análisis de riesgos; nadie puede pedirle que lo firme. El puesto que se va a abrir no es el de desarrollador de inteligencia artificial, es el de quien sabe qué debe medirse y qué debe controlarse. Quien opere la infraestructura en 2035 será quien hoy le esté enseñando a la máquina dónde mirar.

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