¿República Dominicana en la industria de semiconductores? Desmontando las expectativas

Hace unos meses vi algunos anuncios en la prensa nacional donde el Ministerio de Industria y Comercio y la Dirección General de Aduanas hablaban sobre la industria de semiconductores y la estrategia del Estado para que la República Dominicana forme parte de este sector. Incluso, el portal de ProDominicana ya tiene una sección dedicada al tema, y la vicepresidenta de la República anunció que varias multinacionales han mostrado interés en explorar oportunidades en el país.

También el sector zona franca ha expresado su interés en integrarse a esta posible cadena de valor. En este artículo no busco cuestionar, sino informar de qué estamos hablando y explicar el tema de una manera sencilla. Si esto se logra, sería positivo para el país, ya que abriría nuevas oportunidades en un sector de gran relevancia mundial.

Como ingeniero quiero compartir mi visión, aprovechando la experiencia en distintas áreas de la ingeniería. La intención es poner en contexto este tema y explicarlo de forma clara y cercana, para que todos puedan comprender de qué se trata.

¿Qué es un semiconductor?

Un semiconductor es un material cuya capacidad para conducir electricidad se sitúa entre la de un conductor y un aislante. Es la base de toda la electrónica moderna. La mayoría de los semiconductores están hechos de silicio, un elemento muy abundante en la Tierra.

¿Qué es el silicio y por qué es importante?

El silicio es el segundo elemento más abundante en la corteza terrestre después del oxígeno, y su capacidad para ser dopado con impurezas lo convierte en el material ideal para crear semiconductores. Lo vemos a diario, aunque no lo notemos: está presente en la arena, el vidrio y hasta en los paneles solares que convierten la luz en energía.

Sin embargo, tener silicio no es suficiente para ser un actor clave en la industria.

La industria de semiconductores y sus principales productores

La industria de semiconductores es gigantesca: en 2024, las ventas globales alcanzaron aproximadamente US$ 627.6 mil millones, y se estima que superará el billón de dólares hacia 2030. Este volumen refleja la magnitud del mercado en el que se busca incursionar.

Hoy está dominada por países y empresas con décadas de experiencia, como Estados Unidos, Taiwán, Corea del Sur y la Unión Europea. Empresas como Intel, TSMC y Samsung no solo tienen acceso a tecnología de punta, sino también a un capital humano altamente calificado y a enormes cadenas de suministro.

La Ley de Moore

Un concepto clave para entender la dinámica de esta industria es la Ley de Moore, formulada en 1965 por Gordon Moore, cofundador de Intel. Esta ley observó que el número de transistores en un chip se duplicaba aproximadamente cada dos años, lo que implicaba que la potencia de los procesadores se duplicaba mientras los costos disminuían.

Durante décadas, esta “ley no escrita” marcó el ritmo de la innovación tecnológica, acelerando el desarrollo de computadoras más rápidas, baratas y eficientes. Aunque hoy en día se debate si ha llegado a sus límites físicos, la Ley de Moore explica por qué la industria de semiconductores ha crecido de manera exponencial y se ha convertido en la columna vertebral de la revolución digital.

Expectativas vs. realidad: El desafío político, I+D y problemas básicos

Es fundamental poner estas aspiraciones en perspectiva. La República Dominicana, que se acerca a sus 200 años de independencia, todavía lidia con problemas estructurales en salud, educación, energía y seguridad social. Desde una óptica política, es crucial reconocer que antes de soñar con insertarnos en una industria de alta tecnología, debemos enfrentar los desafíos políticos y sociales que han persistido por generaciones.

Además, preguntémonos:

  • ¿Cuánto invierte la República Dominicana en investigación y desarrollo (I+D)? Apenas 0.03% del PIB, muy por debajo de países que destinan entre 2 % y 5 %.
  • ¿Cuántas patentes generamos cada año? Muy pocas, y la mayoría no llegan a comercializarse.

La industria de semiconductores exige ingenieros, físicos, químicos y técnicos de altísima formación, respaldados por un ecosistema de universidades, centros de investigación y financiamiento estatal y privado. Nuestra realidad es otra: seguimos discutiendo presupuestos insuficientes para hospitales, apagones eléctricos recurrentes y un sistema educativo que no logra cubrir las competencias básicas.

Pretender “saltar” hacia una industria de semiconductores sin resolver lo elemental es, políticamente, más un discurso aspiracional que un plan realista.

Hablar de semiconductores en la República Dominicana no debe quedarse en un anuncio que suene moderno, sino en una decisión política de largo plazo. Si realmente queremos insertarnos en esta industria, incluso en sus etapas más básicas, necesitamos transformar nuestras prioridades nacionales.

La apuesta no es solo atraer ensamblaje por ventajas de cercanía geográfica; la verdadera apuesta está en definir un modelo de país que invierta en ciencia, en educación de calidad y en energía confiable. Sin esas bases, cualquier discurso de alta tecnología será solo un espejismo electoral.

La República Dominicana tiene la oportunidad de utilizar esta conversación como catalizador para algo más grande: una política de Estado que coloque la investigación, la innovación y la formación de talento en el centro del desarrollo nacional. Ese es el verdadero nearshoring que necesitamos: acercarnos al futuro con visión y voluntad.

El futuro no se improvisa: o lo planificamos hoy, o lo veremos pasar desde la orilla mañana.

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