El lujo de abrir la llave y tomar agua

Richard Santana, ingeniero en redes y telecomunicaciones y auditor energético.

Costa Rica. – Hace unos días viajé a Costa Rica. Al llegar al hotel esperaba encontrar lo habitual: algunas botellas de agua colocadas en la habitación para los huéspedes. Sin embargo, un pequeño anuncio llamó inmediatamente mi atención: podía tomar agua directamente del grifo.

Puede parecer algo insignificante. Para mí no lo fue.

Lo curioso es que el tema volvió a surgir durante una reunión en un corporativo. Allí también hicieron referencia a la calidad del agua y a la posibilidad de consumirla directamente de la llave.

Entonces comprendí que no se trataba simplemente de una facilidad ofrecida por el hotel. Había algo de orgullo detrás de aquello. Poder decirle a un visitante que puede beber agua directamente del grifo es también una expresión de confianza en los servicios de un país.

Fue inevitable hacer la comparación con República Dominicana.

Y me hice una pregunta bastante sencilla:

¿Cuándo hemos tenido nosotros el lujo de abrir una llave y tomar agua directamente de ella?

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo que eso haya formado parte de nuestra cotidianidad.

En República Dominicana hemos normalizado una realidad que debería llamarnos profundamente la atención: el agua que llega por las tuberías de nuestras viviendas no es, para la mayoría de la población, el agua que utilizamos para beber.

Tenemos agua para bañarnos, lavar, limpiar y realizar las tareas del hogar. Pero para beber compramos otra.

Y quizás lo más preocupante sea precisamente eso: lo hemos convertido en algo normal.

Normal es preguntar si llegó el agua. Normal es tener una cisterna. Normal es colocar un tinaco en el techo. Normal es instalar una bomba. Y completamente normal se ha vuelto comprar botellones para beber.

Los datos permiten dimensionar esa realidad.

Según la Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples ENHOGAR-2024, alrededor del 95 % de los hogares dominicanos almacena agua, principalmente mediante tinacos, tanques y cisternas.

En buena medida, hemos construido, casa por casa, nuestra propia infraestructura para compensar las limitaciones del servicio: cisternas, bombas, tinacos y sistemas de almacenamiento que pagamos, instalamos y mantenemos nosotros mismos.

Pero la situación resulta todavía más reveladora cuando hablamos del agua que realmente bebemos.

Los datos del X Censo Nacional de Población y Vivienda 2022 indican que el 84.28 % de los hogares dominicanos utiliza agua de botellón como su principal fuente para beber.

Más de ocho de cada diez hogares.

Pensemos por un momento en lo que significa ese número.

Tenemos redes públicas de abastecimiento. Tenemos acueductos. Tenemos instituciones responsables del agua. Tenemos tuberías que llegan a millones de viviendas.

Pero cuando tenemos sed, buscamos el botellón.

Y ahí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro modelo.

No estoy planteando que el agua potable haya sido privatizada jurídicamente en República Dominicana. No lo ha sido. Pero sí considero que, en la práctica, hemos desarrollado una especie de privatización de facto del acceso al agua segura para beber.

El Estado suministra una parte importante del agua que utilizamos para nuestras actividades domésticas. Sin embargo, para beber, millones de dominicanos acudimos al sector privado.

Dicho de otra manera: el agua llega por una red pública, pero el agua en la que confiamos para beber llega mayoritariamente por una red privada.

Y esa segunda red es enorme.

De acuerdo con estimaciones de la Asociación Dominicana de Procesadores de Agua Purificada (Asoproagua), existen más de 4,200 plantas procesadoras de agua en República Dominicana. No se trata de un registro oficial, sino de una estimación del propio sector, pero permite apreciar la dimensión del fenómeno.

Y quiero hacer una precisión importante: las empresas que venden agua no son el problema.

Han respondido a una necesidad real, realizan inversiones, generan empleos y han desarrollado una extensa red de distribución.

La pregunta es otra:

¿Cómo permitimos que una necesidad tan elemental terminara dependiendo de semejante estructura privada?

Porque la economía creada alrededor del agua va mucho más allá del botellón. Incluye plantas de purificación, tinacos, cisternas, bombas, filtros, sistemas de ósmosis inversa, camiones cisterna, perforación de pozos, mantenimiento y una extensa cadena de distribución.

Todo para resolver, de manera individual, aquello que el sistema público no ha conseguido garantizar plenamente.

Y ahí aparece una contradicción que vivimos todos los días.

Una familia puede pagar por el servicio público de agua y, al mismo tiempo, tener que construir una cisterna, comprar una bomba, instalar un tinaco, pagar electricidad para bombear el agua y mantener todo ese sistema.

Y después de hacer todo eso…

todavía tiene que comprar el agua que va a beber.

Pagamos varias veces para resolver una misma necesidad.

Pero el problema no es únicamente cuánto producimos. Una cantidad importante del agua se pierde antes de llegar a los hogares debido a averías, fugas, tuberías deterioradas y otras deficiencias de la infraestructura.

Y también desperdiciamos agua.

Lo vemos en mangueras abiertas durante largos períodos, agua utilizada indiscriminadamente para lavar vehículos, aceras y calles, y cisternas o tinacos que rebosan por falta de controles.

La contradicción es evidente: mientras algunas comunidades esperan días para recibir agua, en otros lugares la dejamos correr por las calles.

Tenemos entonces dos problemas simultáneos: el agua que perdemos por las deficiencias de nuestra infraestructura y el agua que desperdiciamos por falta de conciencia.

Por eso la solución no puede consistir solamente en construir más acueductos o producir más agua.

Necesitamos ampliar y modernizar la infraestructura, sustituir tuberías deterioradas, aumentar la capacidad de tratamiento y reducir las pérdidas. Pero también tenemos que distribuir mejor y utilizar responsablemente el agua que ya tenemos.

Al final, cualquier política seria sobre el agua en República Dominicana debería perseguir cuatro cosas fundamentales:

calidad, continuidad, eficiencia y confianza.

Porque tener una tubería no necesariamente significa tener agua cuando la necesitamos.

Y mucho menos significa confiar en ella para beberla.

Quizás por eso aquella pequeña experiencia en Costa Rica terminó provocándome tantas preguntas.

No fue simplemente el agua.

Fue lo que representaba.

Era poder abrir una llave y beber sin pensarlo demasiado.

Era confianza.

Confianza en la infraestructura.

Confianza en las instituciones.

Confianza en que alguien hizo correctamente su trabajo antes de que aquella agua llegara hasta allí.

Y eso también es desarrollo.

A veces pensamos el desarrollo únicamente en grandes cifras: Producto Interno Bruto, crecimiento económico, inversión extranjera, torres, carreteras, aeropuertos y grandes proyectos.

Todo eso importa.

Pero el desarrollo también está en las pequeñas cosas que un ciudadano puede hacer sin tener que diseñar individualmente una solución para cada deficiencia colectiva.

Que pueda encender un interruptor y tener electricidad.

Que pueda utilizar un transporte público confiable.

Que pueda recibir servicios públicos de calidad.

Y que pueda entrar a su cocina, abrir una llave, llenar un vaso y beber.

Ese debería ser el objetivo. Que algún día comprar agua en República Dominicana sea una elección y no una necesidad.

Que las próximas generaciones puedan hacer algo que para nosotros todavía parece extraño:

abrir una llave, llenar un vaso y tomar agua.

Sin miedo.

Sin comprarla dos veces.

Sin tener que pensarlo.

Entonces quizás entenderemos que aquello que hoy parece un lujo nunca debió serlo.

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