El poder no se mide por el nivel del cargo, sino por la coherencia. Y en República Dominicana, esa coherencia se ha vuelto un privilegio escaso. Muchos de nuestros funcionarios dirigen ministerios y direcciones cuyos servicios ellos mismos no utilizan. Supervisan sistemas que no conocen desde dentro y toman decisiones basadas en informes, no en vivencias. Cuando el liderazgo se distancia de la realidad, la gestión pública pierde precisión, urgencia y humanidad.
Hoy operamos con élites gubernamentales que disfrutan privilegios que el ciudadano común jamás podrá tener: seguros internacionales, clínicas privadas, transporte exclusivo, personal de apoyo, escoltas y beneficios que los colocan fuera del alcance de la experiencia pública. En esas condiciones, ¿cómo se puede liderar con justicia? ¿Cómo se puede mejorar lo que no se vive? La consecuencia es simple: se diseña desde la distancia, se ejecuta desde el privilegio y se falla desde la desconexión.
La desconexión que frena el progreso
La función pública exige contacto real con la realidad que se administra. No basta con discursos o reuniones en oficinas climatizadas. Gobernar implica conocer, sentir, escuchar y experimentar.
Sin embargo, en nuestro país predominan decisiones tomadas desde el escritorio. Las visitas oficiales se programan con días de anticipación, las carencias se maquillan, el personal es instruido para “quedar bien” y la realidad auténtica se esconde detrás de protocolos.
¿Cómo puede un ministro de Salud comprender la crisis hospitalaria sin haber esperado horas en una emergencia pública?
¿Cómo puede un director de Transporte entender el caos vial si jamás ha utilizado el transporte colectivo sin escoltas?
¿Cómo puede un ministro o viceministro comprender la urgencia de mejorar la educación pública si sus hijos estudian en los mejores colegios privados del país?
La gestión pública exige cercanía. Exige ver lo que ven los ciudadanos y sentir lo que sienten. No se puede transformar lo que solo se conoce desde la distancia.
Lo que hacen los países que sí avanzan
Los países con servicios públicos sólidos comparten una característica que parece pequeña, pero lo cambia todo: sus líderes utilizan los mismos servicios que administran.
En Finlandia, Dinamarca, Suecia o Canadá, los funcionarios viajan en transporte público, se atienden en hospitales estatales y llevan a sus hijos a escuelas públicas. Esta convivencia diaria genera dos efectos fundamentales:
Empatía funcional: no se necesitan encuestas para saber qué falla; lo ven en tiempo real.
Prioridad real: cuando la vida de un ministro depende del sistema público, la mejora deja de ser discurso y se convierte en obligación.
El resultado es evidente: lo público funciona porque quienes lo administran también lo necesitan.
En República Dominicana ocurre lo contrario: mientras más alto el cargo, más lejos se está del sistema público. Esa inversión de prioridades es uno de los mayores obstáculos para el desarrollo institucional del país.
La desigualdad dentro del Estado
La distancia entre los funcionarios y los ciudadanos no es la única brecha. También existe una desigualdad profunda dentro del mismo aparato estatal.
Mientras los altos cargos disfrutan de beneficios como vehículos oficiales, combustible, dietas, seguros internacionales, tarjetas corporativas, celulares y otros privilegios, miles de empleados públicos trabajan con salarios bajos, limitados beneficios y pocas oportunidades de crecimiento.
Este contraste envía un mensaje claro: dentro del mismo Estado conviven dos realidades.
Una de privilegios, otra de sacrificio.
Esa brecha interna desmotiva al empleado, afecta el servicio al ciudadano y crea un sistema donde el cargo vale más que la capacidad.
El ciudadano: el contrapeso que hemos abandonado
La desconexión también se profundiza porque muchos dominicanos han sido empujados a la resignación. El cansancio, la desconfianza y la repetición de promesas incumplidas han generado una ciudadanía menos activa, menos exigente y menos vigilante.
Cuando la sociedad deja de exigir, el poder deja de rendir cuentas.
Cuando deja de observar, la desigualdad crece.
Cuando deja de fiscalizar, la distancia entre funcionario y ciudadano se vuelve abismo.
La ciudadanía no es un público pasivo, es un contrapeso esencial. No existe servicio público robusto sin supervisión pública constante.
La República Dominicana no necesita más discursos ni más promesas. Necesita coherencia. Necesita funcionarios que vivan lo que administran, que conozcan lo público no por protocolo sino por experiencia, que sientan en primera persona la urgencia del cambio.
Un país avanza cuando sus líderes no se esconden detrás del privilegio. Avanza cuando los ministerios se convierten en centros de servicio y no en trincheras políticas. Avanza cuando el ejemplo sustituye al discurso y la responsabilidad sustituye a la comodidad.
Servir con el ejemplo no es un eslogan, es la base ética del liderazgo moderno. Es el primer paso para construir un Estado más justo, eficiente y cercano a su gente.

