En pleno siglo XXI, cuando la automatización y las nuevas tecnologías dominan casi todos los aspectos de la vida urbana, hay profesiones que resisten al paso del tiempo y se convierten en puentes vivos entre el presente y el pasado. Una de ellas es la del farolero de Praga, una figura entrañable que, más allá de su función práctica, representa un símbolo de identidad histórica y cultural para la capital checa.
Un ritual de luz en el Puente de Carlos
La ciudad de Praga, conocida por su arquitectura gótica, su historia medieval y sus leyendas, guarda entre sus joyas una tradición que parece salida de otro tiempo: el encendido manual de las farolas a gas del célebre Puente de Carlos y sus alrededores. Cada día, durante el período del Adviento, los faroleros inician su recorrido al caer la tarde, justo cuando la oscuridad comienza a envolver la ciudad.

A eso de las cuatro de la tarde, comienza el ritual. Uno de los dos faroleros oficiales de la ciudad, Jan Tater o Jan Žákovec, inicia su caminata portando una larga vara de bambú rematada en un gancho metálico. Esta herramienta les permite activar un mecanismo en cada farola que libera el gas y enciende una chispa de alto voltaje, iluminando la lámpara. Es un gesto sencillo, pero cargado de simbolismo y admiración por parte de quienes lo observan.
Jan Tater, el hombre de la luz mágica
Jan Tater es el más veterano de los faroleros actuales de Praga. Con el cabello canoso, un porte pausado y un atuendo que reproduce fielmente el uniforme de los faroleros de antaño, se ha convertido en una figura querida por locales y visitantes. Desde hace más de seis años, realiza esta labor con la misma pasión con la que lo hacían sus predecesores en el siglo XIX.
Tater, quien trabajó durante años en la empresa de gas de Praga, ha asumido este rol no solo como un trabajo, sino como un legado. A menudo responde con amabilidad a las preguntas del público, accede a tomarse fotos, e incluso permite que los niños lo ayuden a accionar la vara para encender una farola, convirtiéndose por unos segundos en pequeños faroleros.
Su compañero, Jan Žákovec, es igualmente notable. Alto y afable, además de farolero es director del Museo del Gas de Praga, un espacio dedicado a preservar la historia del uso del gas en la vida cotidiana, con exposiciones de antiguos electrodomésticos, proyectores y otros artefactos.
Video de referencia:
En Praga todavía existe la profesión de farolero.
Sale por las noches a las calles de la ciudad para encender las farolas de gas.
— El Club del Arte 🎨📷📚🖼🕍🎼 (@Arteymas_) April 8, 2025
Una tradición recuperada
La historia del alumbrado a gas en Praga se remonta a 1848, cuando comenzaron a instalarse las primeras farolas de este tipo. Durante décadas, estas fueron encendidas manualmente por faroleros distribuidos por toda la ciudad. En su apogeo, hacia 1927, Praga contaba con más de 140 faroleros, cada uno encargado de encender hasta 60 farolas en su distrito. Incluso existió una farolera, la señora Chalupová, que trabajaba acompañada de su perro y es recordada en canciones tradicionales.
Con el tiempo, el gas fue reemplazado por la electricidad, y la figura del farolero desapareció. Sin embargo, en el año 2002, la municipalidad decidió recuperar esta tradición como parte del esfuerzo por preservar el carácter histórico de la ciudad. Se reinstalaron farolas de gas en varios puntos clave, incluyendo el Camino Real, que conecta la Ciudad Vieja con el Castillo de Praga. Hoy en día, Praga cuenta con unas 700 farolas a gas, lo que la sitúa como la décima ciudad del mundo con más alumbrado de este tipo. La lista la encabeza Berlín, con más de 30.000.
Un espectáculo para locales y turistas
Ver al farolero en acción es una experiencia única. A lo largo del recorrido de 500 metros del Puente de Carlos, decenas de personas, niños, parejas, viajeros curiosos, siguen los pasos de Jan como si se tratara del flautista de Hamelín. Aplauden cada encendido, lo rodean para pedirle fotos y se maravillan al ver cómo, una a una, las farolas cobran vida.
El recorrido completo puede tomar más de una hora, dependiendo de la cantidad de personas y de interacciones. Comienza desde el casco antiguo, atraviesa el puente, llega a Malá Strana y luego regresa por el mismo camino, encendiendo farolas en ambas direcciones.
Un momento especial es el comienzo del recorrido, justo en la plaza Křižovnické náměstí, frente a la iglesia de San Francisco de Asís, donde Jan suele esperar a que se encienda el alumbrado eléctrico, señal de que es hora de comenzar su ritual. Si deseas verlo con tranquilidad o charlar con él, este es el mejor lugar para encontrarlo antes de que se sumerja en la marea de curiosos.
Una experiencia mágica y entrañable
En una época en la que la eficiencia tecnológica domina nuestras vidas, el trabajo del farolero de Praga nos recuerda que la belleza también reside en los gestos sencillos, en la preservación de la historia y en el contacto humano. Jan Tater y su compañero no solo encienden luces: encienden sonrisas, despiertan asombro y mantienen viva una tradición que es parte del alma de Praga.
Así, cada invierno, mientras la ciudad se cubre de luces navideñas y los mercadillos inundan las plazas, el Farolero de Praga aparece como un guardián del tiempo, llevando consigo la llama de una historia que merece ser contada una y otra vez.
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