Santo Domingo. – El contexto económico internacional se ha complicado. El choque energético se intensificó por el recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente, la inflación se resiste a ceder en las principales economías desarrolladas y una espiral alcista de los rendimientos de deuda soberana amenaza con extenderse a las finanzas públicas de todo el planeta.
El precio del petróleo ha retomado una trayectoria ascendente ante la agudización de la guerra entre Irán y Estados Unidos. A finales de la semana pasada, el crudo WTI superó los 100 dólares por barril, frente a los 69 dólares registrados a inicios de julio. El repunte obedece al cierre casi total del estrecho de Ormuz por parte de Irán, agravado por el ataque con drones lanzados desde Iraq contra el oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita —con capacidad para transportar hasta 7 millones de barriles diarios hacia el puerto de Yanbu, en el mar Rojo—, que obligó al reino saudita a suspender sus operaciones. A ese escenario se añade el avance de los rebeldes hutíes, quienes buscan controlar el estrecho de Bab al-Mandeb, otro paso estratégico para las exportaciones petroleras del golfo Pérsico.
El impacto sobre los derivados del petróleo ha sido severo. El galón de gasoil alcanzó un récord de 6.06 dólares en Estados Unidos, muy por encima de los 3.71 dólares de hace un año y del máximo histórico previo de 5.82 dólares observado en 2022 tras la invasión rusa de Ucrania. El gasoil es un insumo crítico para el transporte de mercancías y la actividad agrícola, por lo que su encarecimiento tiende a trasladarse con rapidez al resto de la economía. Además, la política arancelaria de Trump amenaza con prolongar el traspaso de los aranceles a los precios estadounidenses, justo cuando la inversión masiva en proyectos de inteligencia artificial provoca una presión significativa sobre la demanda agregada.
En ese contexto, la inflación de la eurozona se elevó a un 3.3% interanual en agosto, después de haber cedido durante el verano. El Banco Central Europeo (BCE) respondió con su segundo aumento de la tasa de interés de referencia en lo que va de año, hasta situarla en un 2.5%. Christine Lagarde advirtió que las presiones inflacionarias “serán más duraderas de lo anticipado,” y los mercados de derivados han comenzado a descontar dos alzas adicionales de esa tasa antes de que concluya 2026.
De este lado del Atlántico, la inflación interanual de Estados Unidos en agosto —medida por el índice de precios al consumidor (IPC)— se mantuvo en un 3.4%, mientras que la variación mensual del índice general alcanzó un 0.4%. La inflación subyacente —que excluye alimentos y energía— se situó en un 2.4% interanual, por debajo del 2.5% de julio, aunque su variación mensual repuntó a un 0.3%, por encima de lo esperado. Los analistas estiman que el índice de precios del gasto en consumo personal subyacente —la medida de inflación preferida por la Reserva Federal (Fed)— también habría aumentado un 0.3% en el mes, lo que arrojaría una tasa interanual cercana a un 3.4%, lejos de la meta del 2%.
La persistencia de la inflación estadounidense modificó las expectativas sobre la reunión del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) programada para esta semana. Antes de conocerse el dato de agosto, los futuros de tasas de interés asignaban una probabilidad de un 70% a un aumento de 25 puntos básicos; tras el informe, la probabilidad escaló a un 86%. Más todavía, el mercado prevé que antes de que cierre el año habrá un segundo ajuste y otro en enero de 2027, cuando se coloque en un rango de un 4.25% y un 4.5%.
En paralelo, el rendimiento de las notas del Tesoro a 10 años rozó un 4.98% a finales de la semana pasada. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, intentó frenar el avance mediante un programa de recompra de bonos que, tras ampliarse a un máximo de 6,000 millones de dólares, resultó insuficiente, pues los rendimientos subieron cerca de 18 puntos básicos durante la semana.
El entorno internacional tiene implicaciones directas para la República Dominicana. La tasa de política del Banco Central se ha mantenido en un 5.25%, mientras que la tasa neutral nominal —resultado de sumar una tasa real neutral estimada en un 1.5% a una inflación esperada a doce meses del 4.5%— se ubica en un 6%. Esa diferencia de 75 puntos básicos revela que la señal de política monetaria es, en términos técnicos, expansiva, aun cuando las circunstancias exigen una postura neutral o incluso restrictiva.
La contradicción se confirma al observar que el mercado registra un endurecimiento monetario. Entre diciembre de 2025 y agosto de este año, la tasa pasiva aumentó 129 puntos básicos, hasta colocarse en un 7.37%, y la activa subió 80 puntos básicos, hasta un 14.08%, con un crecimiento interanual de los préstamos de apenas un 7.7%. Durante ese período se han perdido más de dos mil millones de dólares de reservas internacionales netas, si se descuentan los 2,750 millones de dólares que se recibieron en febrero por concepto de emisión de bonos soberanos. Todo ello significa que, mientras las autoridades envían una señal expansiva a través de su tasa de referencia, las condiciones efectivas de liquidez del sistema financiero dominicano operan en terreno restrictivo. El divorcio entre la tasa de política y las tasas de mercado —activa y pasiva— distorsiona la señal que reciben los agentes económicos y resta eficacia al principal instrumento de política monetaria.
El alza de la tasa de interés de la Fed dificultará la gestión monetaria en el país. El margen entre ambas tasas de referencia estaría casi agotado si se situase en un 1.37%, muy distante del promedio del 4% observado durante la ejecución de la política monetaria basada en metas de inflación.
El Banco Central debe, por lo tanto, aumentar su tasa de interés de referencia en la próxima reunión de política de finales de septiembre y gestionar la liquidez de forma óptima y consistente con esa postura. Solo así los agentes económicos recibirán la señal correcta sobre el verdadero rumbo de la política monetaria, condición indispensable para mantener la credibilidad del organismo emisor.
