La extensión de la Línea 2C del Metro de Santo Domingo hacia Los Alcarrizos ya no es una promesa lejana ni una obra eterna. Hoy, el panorama en la zona recuerda a ese momento en que alguien avisa, de repente, que viene visita importante: se barre, se recoge, se pintan las esquinas y se acomodan los muebles para causar la mejor impresión.
Así lucen los espacios a lo largo del trazado de la Línea 2C. Todo indica que los detalles finales se afinan para la inauguración de una obra largamente esperada, llamada a transformar la movilidad y aliviar el congestionado tránsito de la autopista Duarte, una de las principales arterias del país.
Desde este fin de semana se han intensificado los trabajos de embellecimiento y adecuación en toda el área. Nuevas lámparas iluminan tramos que durante años permanecieron en penumbra; se han retirado escombros que, por demasiado tiempo, formaron parte del paisaje cotidiano; y comienzan a verse señales de tránsito donde antes reinaba el desorden, especialmente en los nuevos carriles de la marginal que conecta con la autopista Duarte.
El Estado se prepara para mostrar la obra terminada y funcional. Sin embargo, como suele ocurrir con los grandes proyectos de infraestructura, no todo es entusiasmo sin matices.
A la par del avance físico de la obra, surge la preocupación de los choferes del transporte público tradicional. Muchos de ellos expresan su inconformidad ante lo que consideran una amenaza directa a sus ingresos. Aseguran que una parte significativa de su sustento provenía de trasladar pasajeros hasta “el Nueve”, punto clave para abordar el Metro en la estación María Montez. Con la llegada del tren a Los Alcarrizos, temen quedar desplazados de ese flujo constante de usuarios.
La Línea 2C representa modernidad, eficiencia y esperanza para miles de ciudadanos que, por años, han sufrido tapones interminables.

