Cada vez que el barril supera los US$100, como ha ocurrido en los últimos días, las repercusiones no tardan en sentirse en países que dependen de la importación de combustibles. Ese es el caso de la República Dominicana, donde el precio del petróleo tiene un efecto directo sobre el transporte, la electricidad y, en última instancia, sobre el costo de vida de la población.
A diferencia de otras economías, el país mantiene desde la pandemia del Covid-19 un subsidio extraordinario a los combustibles para evitar que las alzas internacionales se trasladen de golpe a los consumidores. Este mecanismo ha servido como un amortiguador para contener aumentos bruscos en los precios de la gasolina y el diésel, protegiendo tanto a los hogares como al sector productivo.
La lógica detrás de esta política se inicio bajo el parámetro de que el precio del barril de petróleo se mantenga dentro de un rango aproximado entre US$85 y US$115, el Gobierno absorbe parte del aumento para evitar un impacto inflacionario inmediato. En una economía donde el transporte de mercancías depende en gran medida del diésel, cualquier incremento significativo en los combustibles termina reflejándose rápidamente en los precios de alimentos, pasajes y servicios.
Las autoridades económicas han tratado de llevar un mensaje de tranquilidad. El Banco Central de la República Dominicana ha señalado que, por el momento, no existe preocupación inmediata por los posibles efectos de la guerra sobre la economía local. Sin embargo, también ha dejado claro que el país se mantiene atento y preparado para responder ante cualquier escenario adverso que pueda surgir.
Ese enfoque es el correcto. En un mundo cada vez más interconectado, los conflictos que ocurren a miles de kilómetros terminan influyendo en variables clave como el precio del petróleo, el tipo de cambio y la inflación. No se trata de alarmarse, pero sí de mantenerse vigilantes y preparados.
Al mismo tiempo, este tipo de episodios vuelve a recordar una realidad que el país no puede ignorar: la economía dominicana sigue siendo altamente dependiente del petróleo importado. Por eso, más allá de administrar subsidios, el verdadero reto está en seguir diversificando la matriz energética, fortalecer las energías renovables y reducir la vulnerabilidad frente a las fluctuaciones del mercado petrolero internacional.
