Hace unos días, el presidente Luis Abinader inauguró la primera etapa de la Central de Generación Termoeléctrica Manzanillo Power Land, una planta a gas natural que, en esta fase, está diseñada para aportar hasta 414 megavatios al Sistema Eléctrico Nacional Interconectado (SENI).
Es importante aclarar que esta unidad se encuentra en fase de prueba, un proceso normal en este tipo de proyectos, donde la planta entra y sale de línea para cumplir con los protocolos técnicos y de certificación. En la práctica, actualmente está inyectando alrededor de 200 megavatios, mientras se realizan los ajustes y validaciones correspondientes.
El desarrollo completo del complejo energético de Manzanillo contempla una capacidad aproximada de 800 a 840 megavatios, distribuidos en dos bloques de generación. Su incorporación al sistema será progresiva, con una primera fase en 2026 y la consolidación del proyecto entre 2026 y 2027. Esto significa que el impacto real de Manzanillo no se limita a lo que vemos hoy, sino que será mucho mayor a medida que el proyecto alcance su operación completa.
Dos modelos, una misma necesidad
Este tipo de inversiones deben reconocerse y valorarse. No solo por los megavatios que se agregan al sistema, sino por lo que representan: confianza, dinamismo y expansión de la infraestructura energética. Sin embargo, cuando se analiza con una mirada más amplia, esta inauguración también abre la puerta a una comparación inevitable con uno de los proyectos más emblemáticos del Estado dominicano en materia energética: Central Termoeléctrica Punta Catalina. Manzanillo Power Land responde a una lógica clara: inversión privada, eficiencia operativa y rentabilidad. Es una planta a gas natural, más limpia que el carbón, más flexible en operación y con capacidad de adaptarse mejor a los cambios en la demanda. Punta Catalina, en cambio, responde a una lógica distinta. Es una decisión estratégica del Estado en un sistema donde la generación sigue estando mayoritariamente en manos privadas, asumiendo el costo, el riesgo y la operación de una infraestructura de gran escala. Ahí es donde radica la diferencia.
Mientras Manzanillo representa el dinamismo del mercado, Punta Catalina representa la intervención del Estado en un sector clave. Porque la energía no es un bien cualquiera. Es la base de toda la economía. Y aquí hay un punto que no se puede perder de vista: el Estado no puede limitarse a ser solo regulador. Debe mantener presencia real en la generación por razones de seguridad energética. Lo que se hizo con Punta Catalina no fue un hecho aislado. Fue una señal clara. No se trata de sustituir al sector privado, sino de equilibrarlo.
Punta Catalina no solo aportó, sino que aporta estabilidad. Sus dos unidades, con una capacidad cercana a los 752 megavatios en conjunto, representan aproximadamente entre un 20% y 22% de la demanda en hora de punta del país. Funciona como base de generación firme, reduciendo la dependencia de plantas más costosas y dando margen ante fallas o picos de demanda. Pero además, generó un efecto que muchos no mencionan. La entrada de Central Termoeléctrica Punta Catalina ajustó el precio del mercado. Al meter generación firme a menor costo, obligó al sector privado a moverse, a ser más eficiente y a invertir en matrices más competitivas como el gas natural. No fue solo generación. Fue presión real sobre el mercado.
Hacia dónde se mueve la matriz energética
Por su parte, Manzanillo fortalece la matriz desde otra perspectiva. El gas natural introduce eficiencia, menor impacto ambiental y mayor flexibilidad operativa, alineándose con las tendencias globales. Entonces, la discusión no es cuál modelo es mejor. El sistema necesita ambos. Inversión privada para crecer. Estado para garantizar estabilidad.
El sistema eléctrico dominicano no puede analizarse por partes. Es un sistema completo. La generación ha avanzado, pero ese avance pierde fuerza cuando choca con los problemas estructurales en la distribución y la comercialización. Ahí están los retos reales: redes con pérdidas técnicas elevadas, conexiones ilegales, baja recuperación de la energía servida y debilidad en la gestión comercial. Y sobre todo, el subsidio. El subsidio eléctrico sigue siendo uno de los puntos más sensibles del sistema. No solo por su peso fiscal, sino porque distorsiona las señales de precio y desincentiva la eficiencia. Mientras no se aborde de manera estructural, cualquier mejora en generación seguirá diluyéndose.
El sistema eléctrico no se define únicamente por la cantidad de energía que se genera, sino por la capacidad de gestionarla de forma eficiente a lo largo de toda su cadena.
Las nuevas inversiones en generación representan un avance importante, pero su impacto real dependerá de qué tan bien funcione el resto del sistema.
Si las pérdidas en distribución se mantienen elevadas, si la gestión comercial no logra recuperar la energía servida y si el subsidio continúa absorbiendo gran parte del costo, el problema no estará en la capacidad instalada, sino en la forma en que se administra.
En ese contexto, Manzanillo aporta capacidad y Punta Catalina estabilidad.
El desafío sigue siendo lograr que todo el sistema funcione como una sola pieza.
Richard Santana, experto en Redes y Telecomunicaciones y auditor energético con experiencia en media y alta tensión, además de su trayectoria como docente en el área.

