La tragedia ocurrida en la discoteca Jet Set, que ha dejado a más de 226 familias de luto, no puede ser vista como un hecho aislado. Es el más reciente recordatorio de lo que ocurre cuando la negligencia y la falta de mantenimiento se combinan con estructuras envejecidas.
Durante años, las autoridades han advertido sobre el colapso del sistema eléctrico nacional. Desde los postes de luz corroídos por el tiempo hasta las subestaciones operando por encima de su capacidad, el panorama es alarmante. Sin embargo, más allá de los informes, faltan acciones concretas.
El país entero se encuentra en una situación crítica respecto a su infraestructura. El caso del Puente Francisco del Rosario Sánchez —mejor conocido como el puente de la 17— es otro ejemplo evidente. Construido originalmente para el tránsito argentino y trasladado a Santo Domingo con una vida útil ya comprometida, hoy presenta signos visibles de deterioro. En múltiples ocasiones se han denunciado grietas, filtraciones y una preocupante vibración constante al paso de vehículos pesados.
A esto se suma la situación del puente Duarte, cuya estructura metálica ha sido objeto de reparaciones paliativas, pero no de una intervención definitiva. Las juntas de expansión están rotas, la iluminación es mínima y los sistemas de soporte requieren evaluación urgente.
Los reportes técnicos del Ministerio de Obras Públicas, así como de gremios de ingenieros estructurales, han advertido que al menos 47 estructuras públicas a nivel nacional presentan condiciones críticas. Algunas escuelas, hospitales y mercados operan en instalaciones que superan los 40 años sin intervenciones mayores.
Evitar otra tragedia implica una respuesta integral e inmediata. Ya no es momento de excusas ni promesas. La pérdida de vidas humanas por el colapso de estructuras no puede convertirse en una nueva normalidad. El país necesita un plan nacional de seguridad estructural. Las alertas están encendidas. Ignorarlas puede costarnos mucho más.

