Eran poco más de las 6:00 de la tarde del domingo 15 de febrero de 1970 cuando un avión DC-9 de Dominicana de Aviación despegó del Aeropuerto Internacional Las Américas con destino a San Juan, Puerto Rico. A bordo viajaban 102 personas, familias, atletas y figuras públicas.
Dos minutos después, el radar perdió contacto y el mar Caribe se convirtió en escenario de una tragedia que marcaría para siempre la historia de la aviación de la República Dominicana.
El vuelo 603 cayó al océano tras una falla catastrófica de sus motores, según las conclusiones oficiales. No hubo sobrevivientes. En cuestión de instantes, el país pasó del ruido habitual de un despegue a un silencio absoluto, interrumpido solo por las sirenas, las labores de rescate y el dolor colectivo de una nación que aún aprendía a convivir con sus propias heridas históricas.
Hoy, casi 56 años después, aquella tarde sigue viva en la memoria dominicana, no solo por la magnitud de la pérdida humana, sino por las preguntas que nunca encontraron respuestas definitivas, convirtiendo el vuelo 603 en algo más que un accidente: en un episodio que aún reclama memoria, reflexión y respeto.
El mar, testigo silencioso del desastre, guardó las voces, los sueños y las historias de quienes nunca llegaron a su destino.
Un vuelo sin retorno
Las investigaciones oficiales concluyeron que el accidente se produjo por la falla simultánea de ambos motores, lo que provocó la pérdida total de control de la aeronave. Primero, el motor derecho perdió potencia; segundos después, el izquierdo se apagó. El avión, que tenía apenas un mes de operación, cayó al mar sin posibilidad de maniobra.
Sin embargo, con el paso de los años, las dudas nunca se disiparon por completo. Para muchos, las conclusiones técnicas no lograron cerrar las heridas ni acallar las interrogantes sobre si aquel hecho fue un accidente o un posible atentado, en un contexto político aún convulso tras el ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo.
Nombres que la historia no olvida
Entre las víctimas se encontraban figuras que marcaron la historia y el deporte del Caribe. Fallecieron el excampeón mundial de boxeo Carlos “Teo” Cruz, su esposa y sus dos hijos; once jugadoras de la selección femenina de voleibol de Puerto Rico junto a su entrenador; y la esposa, hermana e hija del héroe nacional Antonio Imbert Barrera.
También viajaban ciudadanos dominicanos, puertorriqueños, estadounidenses, peruanos, cubanos y el sacerdote belga Roger Rosell, secretario de la Confederación Episcopal. En total, un mosaico humano que reflejaba la diversidad de una región unida por el mar y por un destino que jamás se cumplió.
Las imágenes de aquella noche, los restos flotando, la angustia de los rescatistas, el horror ante la magnitud de la pérdida, permanecen vivas en la memoria colectiva dominicana. No solo fue un accidente aéreo: fue una herida nacional.
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