Cómo hacerse millonario

Santo Domingo. – Existe una lógica —no una garantía— que explica por qué algunas personas consiguen acumular patrimonio de forma sostenida a lo largo de su vida y otras, con un punto de partida similar, no lo logran. El proceso tiene su fundamento en la programación dinámica, una herramienta matemática utilizada para encontrar la trayectoria óptima en problemas intertemporales.

El primer principio es la toma de decisiones de forma prospectiva (forward looking), mediante la vinculación del presente con el futuro. La programación dinámica enseña a visualizar el estado futuro deseado y, a partir de esa meta, retroceder para identificar y seleccionar las acciones disponibles en cada período con el fin de pasar de un estado a otro hasta alcanzar el objetivo.

Richard Bellman, el matemático que formalizó dicho método en los años cincuenta, llamó “principio de optimalidad” a la idea de que una trayectoria óptima, observada desde cualquier punto intermedio, debe seguir siendo óptima hacia adelante. Traducido a la vida de una persona, significa que cada decisión —estudio, trabajo, gasto, ahorro— se evalúa por su contribución al estado deseado y no solo por su satisfacción inmediata.

El segundo principio constituye la acumulación de capital humano. Gary Becker demostró que la educación y el entrenamiento en el trabajo representan una inversión, con su costo y su retorno, como cualquier otro activo. Ese esfuerzo exige perseverancia. No basta con obtener un título: es imprescindible estudiar toda la vida y actualizarse cuando la tecnología, como la inteligencia artificial (IA), modifica las reglas del juego. Al mismo tiempo, se necesita cuidar la salud del activo para reducir su tasa de depreciación. Hacer ejercicio, dormir y alimentarse con moderación conforman el mantenimiento preventivo del único capital que no se puede heredar ni tomar prestado.

El tercer principio radica en el trabajo perseverante. En una economía de mercado, la remuneración o el ingreso se vincula a la productividad de cada persona. Quien busca atajos —una posición lograda por amiguismo y no por mérito— puede prosperar transitoriamente, pero, tarde o temprano, termina siendo desplazado por quien posee mayor conocimiento y disciplina laboral.

El cuarto principio promueve el ahorro. La teoría del consumo intertemporal —de Irving Fisher a Franco Modigliani— demuestra que la tasa de interés es el precio que relaciona el consumo presente con el consumo futuro; es decir, representa el premio que se recibe por posponer el gasto. La persona que solo vive para el presente no acumula patrimonio.

El quinto principio enseña a comprar barato y vender caro. Es imprescindible entender que el valor de los activos está asociado a su capacidad de generar flujo de efectivo de forma sostenida y que, muchas veces, el precio se desvía del valor. Cuando el precio se encuentra por debajo del valor, es tiempo de comprar; cuando está por encima, conviene vender. Según esa regla, se ha de evitar la tentación de seguir el comportamiento de manada, manifestado en exuberancia irracional y en burbujas financieras, que son anomalías transitorias del mercado.

El sexto principio es saber identificar y ponderar los riesgos. Toda decisión financiera implica, en el fondo, una apuesta ante escenarios futuros inciertos. La diferencia entre un inversionista prudente y otro temerario no es la aversión al riesgo, sino la capacidad de medirlo y gestionarlo para minimizar su impacto. Harry Markowitz, quien formalizó la teoría moderna de portafolios financieros, demostró que el riesgo puede reducirse mediante la diversificación de activos cuyos rendimientos no estén perfectamente correlacionados. No importa lo modesto que sea el patrimonio, todo ahorrante debe exigir que cada unidad adicional de incertidumbre asumida venga acompañada de una compensación esperada proporcional. Esa distinción, sutil pero decisiva, es la que separa la prudencia de la temeridad y la prudencia de la parálisis.

El séptimo principio implica que las inversiones deben tener un valor presente neto positivo. El ahorro transformado en buenas inversiones, que aprovechen las bondades del interés compuesto, es lo que asegura un flujo de ingresos estable después de que la persona salga de su etapa laboral activa. Es la cultura financiera, no la suerte, lo que distingue a quien sufre la disminución de su ahorro de quien lo ve multiplicarse.

El octavo principio consiste en adquirir el servicio que se necesita, no la cosa en sí misma. Un ejemplo sería preguntarse para qué se quiere comprar un vehículo. Si la respuesta es lujo o estatus, se trata casi siempre de una mala inversión, porque el activo se deprecia con rapidez y el costo de oportunidad del capital inmovilizado es alto. Si, en cambio, lo que se precisa es el servicio de transporte, entonces conviene evaluar todas las alternativas disponibles según su relación costo-beneficio.

El noveno principio atañe a la pareja y la familia. Desde una perspectiva estrictamente económica, el matrimonio estable y la familia constituyen mecanismos eficientes para compartir riesgos y gastos, y generar economías de escala en la producción de los servicios del hogar. Además, resultan un incentivo poderoso para posponer el consumo presente de los padres en favor de la inversión en la educación y el bienestar de los hijos.

El décimo principio justifica la construcción de redes de contacto. El capital social, como lo llamó James Coleman, es tan importante como el capital financiero. Reduce los costos de transacción, transmite información y abre puertas que ningún currículum, por sí solo, puede abrir.

El undécimo principio fomenta la colaboración con los demás.  La suma que se destina a ayudar a los demás, en especial a los jóvenes —con recursos, tiempo, conocimiento—, suele retornar, con creces, en forma de reputación, relaciones y satisfacciones que no se adquieren en el mercado. La vida funciona mejor cuando no se concibe como un juego de suma cero.

El duodécimo principio trasciende los anteriores. Consiste en ofrecer a Dios todo lo que se hace: estudio, trabajo y ocio. La riqueza material no es un fin, sino la consecuencia natural de haber administrado con diligencia, honestidad y gratitud los talentos recibidos.

En síntesis, hacerse millonario —no solo de patrimonio financiero, sino de una vida plena, con salud, familia, comunidad y objetivos— es el resultado de una sucesión larga de decisiones correctas que siempre miran hacia el futuro. Manos a la obra.

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