El Larimar merece más en su propia tierra

El Larimar, orgullo mineral de la República Dominicana y tesoro único en el mundo, continúa siendo una paradoja nacional: una piedra preciosa de extraordinaria belleza que, pese a su fama internacional, genera ingresos insuficientes para quienes la extraen y la trabajan. Mientras su demanda crece en mercados tan distantes como el chino, donde alcanza precios elevados, en su propio país el valor real del Larimar se diluye entre intermediarios, falta de regulación y una cadena de comercialización débil e injusta para los productores.

A pesar de su condición de patrimonio dominicano, el Larimar sigue saliendo del país prácticamente en bruto. Esta práctica, que lleva décadas repitiéndose, impide que la República Dominicana capture el valor agregado que se obtiene cuando la piedra es tallada, certificada, engarzada y convertida en joyería de alta gama. El resultado es una economía local que recibe centavos por un mineral que en el exterior se cotiza en dólares, creando una brecha que condena a los mineros y artesanos a una rentabilidad mínima.

El mercado chino, particularmente voraz en el consumo de piedras semipreciosas, ha encontrado en el Larimar un objeto codiciado. Sin embargo, el beneficio mayor no llega a los bolsillos de los trabajadores de Bahoruco ni de los pequeños talleres de Barahona. Los exportadores informales y grandes compradores internacionales se llevan el producto en su estado primario, mientras el país renuncia a la creación de empleos especializados, industrias de orfebrería más robustas y una marca-país reforzada.

Las autoridades dominicanas deben avanzar hacia un modelo en el que el Larimar sea exportado con mayor valor agregado, protegido por estándares de calidad y acompañado de una estrategia de trazabilidad que garantice su origen y evite la explotación indiscriminada.

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