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sábado 20, julio 2024

Correteando en la Corporación

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Transcurría la tarde del viernes 21 de diciembre de 1990, cuando mi madre me pidió que fuéramos a visitar a mi papá a su oficina en la CDE; dejé mi guante de beisbol tirado en el patio y corrí con júbilo desbordante a acicalarme.

Para aquel entonces, no teníamos demasiado tiempo a mi padre en casa, puesto que su cargo le imponía jornadas de 15-16 horas diarias y fue tal vez por ello que salimos a la visita con especial alegría.

Jamás imaginé que esa tarde iba a ser inolvidable.

Al llegar al despacho del administrador, entré rápido a saludarlo, al fin y al cabo, para mí era papi. Luego de darle un abrazo reparé que estaba con su plana mayor reunido y que el ‘mood‘ del encuentro era más tenso que el mío. Tenía solo 9 años, pero ya sabía calibrar humores.

En aquella tarde navideña, luego de resistirme a salir, no de la reunión, sino de la proximidad de mi viejo, no tan viejo para entonces, me trancé por esperarlo fuera de su despacho y no marcharme con mi madre a casa.

¡Vaya precio que pague!

Luego de salir de su oficina, empecé a corretear por los pasillos de CDE. En una de esas carreras impacté una pared y perdí mis dos dientes frontales recién mudados. Lo demás es historia odontológica.

Previo a esto y antes de salir de la tensa reunión, escuché con tono enfático a mi padre expresar «Todo nuestro esfuerzo debe estar concentrado en estabilizar nuestro flujo de caja y reducir el déficit operacional. No me hablen de SITRACODE, eso es otro tema».

Francamente para aquel entonces no entendí ni una cosa ni la otra.

La terminología me pareció llamativa y fue por ello que de manera infructuosa intenté entender. Tampoco funcionó, más sin dudas me marco, incluso hasta mis años de formación especializada. Ya siendo más adulto entendí de que iba el afán del equipo de la corporación de aquel entonces.

Lo cierto es que hoy más de tres décadas después y con cualquier cantidad de ensayos con vocación de resolución del drama del sector eléctrico, seguimos acusando las mismas falencias y distorsiones sectoriales.

En términos llanos, ningún sector, ninguna empresa, ningún modelo de gestión puede operar con los niveles de ineficiencia del sector eléctrico nacional. Es obvio, es muy básico.

Para principio de los 90, el déficit del sector eléctrico rondaba los RD$1500/1600 millones al año; hoy circunda los mismos valores, pero de manera desafortunada expresado en dólares norteamericanos. De solo revisar la data histórica se colige que el servicio de luz pública de nuestra nación es responsable más o menos de la mitad del déficit gubernamental. En términos brutalmente llanos, de cada dos pesos que le faltan al gobierno, uno es por la energía nacional.

Nuestra sociedad debe discutir cual será la vía expedita para reducir las pérdidas técnicas del sector, consecuencia de un rezago de la expansión y modernización de la red nacional, así como cuál será el camino para llevar a su mínimo umbral las pérdidas de procedencia no técnicas, que se resume en fraudes en cualquiera de sus versiones, que imposibilitan facturar la energía servida.

Todos debemos entender que la energía es una mercancía que se produce, que tiene costos, que se vende en función de estos, que debe pagarse a partir de su consumo y que de ordinario tiene tarifas elevadas, pero el más alto de los precios es carecer de la misma, no poder disponer de ella.

Muchos estamos conscientes de que el acceso al servicio eléctrico es un derecho humano, más jamás podrá ser visto como una patente de corso para beneficiarse de un servicio sin su razonable y justo pago.

Estoy convencido que mientras tengamos ese ‘cable pelao’ en el país, no podremos seguir avanzando, no solo por la presión presupuestaria, sino por el costo que representa la energía desde su producción hasta la entrega al usuario final.

Solo con voluntad férrea y el concurso de todos podremos reducir los RD$100,000 millones de déficit que nos insufla el sector eléctrico, que se expresa en deuda pública y en reducción de inversión, que en última instancia lo que viene es a quitarnos a todos, recursos eventualmente aprovechables en otras áreas.

No es un tema del catálogo partidario y su modelo de gestión, no es tópico que admite sectarismos; el único objetivo debe ser construir soluciones que brinden resultados contundentes. Al final identificar culpables del pasado o no, puede entretener y eventualmente mitigar de forma transitoria la frustración de lo que debió ser y no fue, pero no nos coloca en la ruta de la solución necesitada.

Por ello, sigo aferrado a alternativas que nos aparten de la ruta del yerro y nos coloquen más cerca del modelo de gestión pública que ha implementado el gobierno del presidente Luis Abinader.

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