Inundaciones: la deuda pendiente de la planificación urbana

La lluvia del pasado viernes volvió a desnudar una realidad que se repite con frecuencia: las ciudades dominicanas no están preparadas para enfrentar fenómenos climáticos previsibles. No se trata de la cantidad de agua caída, sino de la fragilidad de un sistema urbano que colapsa ante cada tormenta.

Las autoridades insisten en destacar esfuerzos y proyectos, pero el resultado es el mismo: calles convertidas en ríos, familias atrapadas, transporte paralizado y servicios básicos interrumpidos. La inversión pierde legitimidad cuando la ciudadanía no percibe mejoras concretas en su vida cotidiana.

El problema no es la lluvia, sino la improvisación. Los boletines meteorológicos habían advertido con suficiente antelación lo que iba a ocurrir, y aun así las decisiones oficiales llegaron tarde, descoordinadas y contradictorias. Lo que pudo ser una jornada preventiva, terminó siendo una odisea de tres horas para quienes se desplazaron a sus trabajos solo para recibir la orden de devolverse.

El país no puede seguir repitiendo este guion de caos anunciado. Se necesita asumir el drenaje pluvial y la gestión urbana como políticas de Estado, con continuidad y visión de largo plazo. Cada tormenta no debería ser una sentencia de colapso; debería ser, más bien, una prueba superada gracias a la prevención.

Mientras eso no ocurra, cada aguacero seguirá recordándonos que el verdadero problema no cae del cielo: está en la tierra, en la forma en que planificamos y gobernamos nuestras ciudades.

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