República Dominicana. – La República Dominicana, en su condición de pequeño Estado insular en desarrollo, se encuentra sometida a riesgos ecofísicos cada vez más complejos, derivados tanto de su vulnerabilidad natural como de los efectos acumulativos del cambio climático, la expansión urbana, la presión sobre los recursos naturales y determinadas debilidades históricas en la planificación del territorio. Esta realidad obliga a comprender que la gestión ambiental ya no puede limitarse exclusivamente a responder a los eventos una vez ocurren, sino que debe orientarse hacia una mitigación y adaptación planificada capaz de fortalecer progresivamente la resiliencia climática del país. La ocurrencia cada vez más intensa de lluvias extremas, inundaciones, períodos de sequía, degradación de ecosistemas y afectaciones a infraestructuras estratégicas demuestra que los problemas ambientales no pueden continuar siendo analizados de manera aislada, pues forman parte de un mismo sistema territorial, económico y social.
Dentro de esta realidad existe un elemento que merece una atención especial por su importancia histórica, ambiental y urbana: el río Ozama. Durante décadas, este cuerpo de agua ha acompañado el crecimiento de la ciudad de Santo Domingo y ha formado parte esencial de su configuración territorial. Sin embargo, el mismo desarrollo urbano que progresivamente se consolidó alrededor de sus márgenes ha generado también importantes presiones sobre su equilibrio natural. La descarga de aguas residuales, la disposición inadecuada de residuos sólidos, la contaminación proveniente de cañadas, los vertimientos de distintas actividades productivas, la sedimentación y el crecimiento urbano desordenado han contribuido a crear una condición que supera la contaminación convencional y que pudiera definirse, por su intensidad y permanencia, como un proceso de hipercontaminación.
Hablar de hipercontaminación implica reconocer que el problema no se encuentra únicamente en los residuos que pueden observarse flotando sobre la superficie del río. Esa imagen, aunque preocupante, representa solamente la parte más visible de una situación mucho más profunda. Un sistema hídrico recibe constantemente materia orgánica, microorganismos, sedimentos y diferentes sustancias provenientes de su entorno, y posee mecanismos naturales que le permiten asimilar una determinada carga. Sin embargo, esta capacidad de autorregulación no es ilimitada. Cuando la entrada de contaminantes se produce de manera permanente y en niveles superiores a la capacidad natural del río para procesarlos, comienzan a modificarse los patrones normales de autodepuración y remediación, generándose una pérdida progresiva de la resiliencia ecológica del ecosistema.
Es precisamente en este punto donde la situación del Ozama debe dejar de considerarse exclusivamente como un problema de limpieza y comenzar a ser abordada como una crisis de gestión integral del agua. Retirar los residuos que ya se encuentran dentro del río constituye una acción necesaria, pero no representa por sí misma una solución estructural. El verdadero desafío se encuentra en determinar por qué esos residuos y contaminantes continúan llegando al sistema, cuáles son las fuentes que los originan y qué mecanismos deben establecerse para evitar que sigan entrando al cauce. Cada cañada que transporta aguas contaminadas, cada descarga sin tratamiento adecuado, cada punto de acumulación de residuos y cada actividad que impacta negativamente la cuenca debe formar parte de una misma estrategia de intervención.
A esta problemática se agrega un elemento adicional que puede intensificar considerablemente sus efectos: el cambio climático. No sería correcto afirmar que el cambio climático es la causa de la contaminación del Ozama, pues sus principales orígenes están vinculados a factores urbanos, sanitarios, productivos y territoriales. Sin embargo, sí puede actuar como un importante multiplicador del riesgo. Las lluvias intensas incrementan la escorrentía superficial y movilizan hacia ríos y cañadas grandes cantidades de residuos, sedimentos y contaminantes acumulados en el territorio. Las inundaciones pueden provocar desbordamientos de sistemas sanitarios insuficientes, mientras que los períodos de menor caudal pueden reducir la capacidad de dilución del río y aumentar la concentración de determinadas sustancias. En consecuencia, la recuperación del Ozama debe entenderse también como una medida de adaptación climática y protección de la infraestructura natural de Santo Domingo.
Esta visión obliga a cambiar el enfoque tradicional de intervención. Durante muchos años, una parte importante de los esfuerzos se ha concentrado en retirar residuos, realizar jornadas de saneamiento o establecer mecanismos de contención para impedir que los desechos lleguen hasta el mar Caribe. Todas estas acciones son importantes y deben continuar, pero resulta imprescindible reconocer que limpiar no significa necesariamente recuperar. La recuperación implica intervenir las causas, reconstruir la funcionalidad ecológica del sistema y establecer mecanismos de prevención que disminuyan progresivamente la presión sobre el río. La política ambiental debe avanzar desde un modelo predominantemente reactivo hacia una gestión anticipatoria, capaz de identificar las fuentes de contaminación y actuar sobre ellas antes de que sus efectos lleguen al cauce principal.

Para alcanzar este objetivo será necesario fortalecer de manera considerable el saneamiento de las aguas residuales, mejorar los sistemas de alcantarillado y tratamiento, ejercer mayores controles sobre los vertimientos y desarrollar un monitoreo permanente de la calidad del agua. De igual manera, la gestión de los residuos sólidos debe vincularse directamente con la recuperación del Ozama mediante estrategias de economía circular, valorización de materiales, reciclaje y prevención de la disposición inadecuada. La intervención de las cañadas y afluentes resulta igualmente fundamental, debido a que estos sistemas funcionan como verdaderos corredores por los cuales una parte significativa de la contaminación urbana termina desplazándose hasta el río.
Sin embargo, ninguna estrategia podrá ser sostenible si no incorpora también una dimensión territorial y social. La cuenca del Ozama se encuentra estrechamente relacionada con comunidades, actividades económicas, infraestructura urbana y espacios de alta vulnerabilidad. Por ello, la recuperación del río debe avanzar conjuntamente con el ordenamiento territorial, el mejoramiento de las condiciones urbanas, la educación ambiental y la participación de las comunidades. No se puede recuperar un ecosistema ignorando la relación de la población con ese territorio, de la misma manera que tampoco puede desarrollarse una política de resiliencia climática sin considerar las condiciones sociales que incrementan la exposición y vulnerabilidad de determinados sectores.
La recuperación del Ozama representa además una oportunidad para transformar un importante pasivo ambiental en un activo estratégico para Santo Domingo. Un río recuperado puede mejorar la calidad paisajística de la ciudad, generar espacios públicos, favorecer la biodiversidad, reducir riesgos sanitarios y crear nuevas posibilidades para actividades recreativas, culturales y económicas compatibles con la conservación ambiental. Pero alcanzar esta transformación requiere continuidad institucional, inversión, planificación de largo plazo y, sobre todo, una visión capaz de trascender las soluciones coyunturales.
El futuro del río Ozama dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad para entenderlo como parte de un sistema completo. No es solamente un cauce de agua que atraviesa Santo Domingo ni un espacio donde periódicamente se acumulan residuos. Es un ecosistema que refleja la manera en que gestionamos el territorio, el agua, los residuos y nuestra relación con el medio ambiente. Su recuperación debe convertirse en una expresión concreta de la capacidad del país para construir resiliencia frente a un escenario climático cada vez más exigente.
La República Dominicana tiene ante sí la posibilidad de cambiar la historia ambiental del Ozama. La hipercontaminación no debe aceptarse como una consecuencia inevitable del crecimiento urbano. Puede y debe ser enfrentada mediante una gestión integral del agua que articule saneamiento, prevención, fiscalización, restauración ecológica, ordenamiento territorial y participación social. Recuperar el Ozama no significa únicamente retirar aquello que hoy contamina sus aguas; significa devolverle progresivamente su capacidad de sostener vida, reducir la vulnerabilidad de Santo Domingo y demostrar que el desarrollo económico y urbano puede avanzar acompañado de una verdadera responsabilidad ambiental. En definitiva, recuperar el Ozama es también construir resiliencia para la ciudad y para el país.
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