La carta bomba

República Dominicana. – Primero llegó la carta a los bancos y demás intermediarios cambiarios. Tras el estruendo y la conmoción que provocó, comenzó una lluvia de llamadas ásperas dirigidas a los responsables de tesorería y de las operaciones de las mesas de cambio. La verdadera causa que motivó tales acciones por parte de las autoridades monetarias fue que, en 46 días, la tasa de cambio se había depreciado un 5 %. Ese comportamiento cambiario era inaceptable, ya que el 23 de octubre se celebraría el aniversario del Banco Central de la República Dominicana (BCRD) y había que presentar una cotización del dólar lo más baja posible.

El 19 de octubre de 2026, la gerencia del BCRD remitió la Circular 10707 a todas las entidades encargadas de realizar intermediación cambiaria. Mediante ese documento se les insta a velar por que los márgenes de sus operaciones cambiarias sean “equitativos, razonables, proporcionales, transparentes y justificados.” Se añade en el citado texto que el organismo rector de la política monetaria dispone de “herramientas para identificar desviaciones persistentes o recurrentes respecto a las condiciones vigentes del mercado cambiario.” Asimismo, califica de falta grave operar fuera de los márgenes razonables y advierte que los infractores podrán ser suspendidos de la plataforma cambiaria por un tiempo de hasta treinta días hábiles consecutivos.

El lenguaje utilizado en la circular se presenta como una medida enmarcada en los principios del Código Global de Conducta del Mercado Cambiario. No obstante, su objetivo real, a juzgar por el momento elegido, es otro. Para comprenderlo, conviene observar qué ha ocurrido con el margen, por qué ha ocurrido y en qué momento decidió el BCRD considerarlo un problema que ameritaba “darle seguimiento estricto al comportamiento en los márgenes de los intermediarios cambiarios.”

El margen, cuantificado como la diferencia entre la tasa de compra y la de venta de referencia del mercado spot, es también un precio. Su nivel refleja tanto la incertidumbre como las condiciones de competencia del mercado. Durante el período de metas de inflación, entre enero de 2012 y febrero de 2020, promedió 9.7 centavos de peso. En la etapa de zigzagueo monetario, de marzo de 2020 a octubre de 2026, promedió 33.8 centavos, 3.5 veces más. Al comparar ambos tramos de política, la volatilidad del tipo de cambio en el segundo período fue 4.2 veces la del primero. Cuando el tipo de cambio fluctúa más, cada dólar que el intermediario mantiene en cartera entraña mayor riesgo, y el margen requerido para asumirlo aumenta.

A lo largo de los primeros ocho meses de 2026, el peso se apreció de forma anómala. La tasa de cambio pasó de 63.30 pesos por dólar el 31 de diciembre de 2025 a 58.83 el 31 de agosto, una caída de un 7 %. Aun cuando el margen cambiario para grandes operaciones se mantuvo alrededor de 60 centavos —en las transacciones de ventanilla de los bancos el margen se colocó en casi 4 pesos, un 7 % de la tasa de compra—, el BCRD no envió circular alguna con amenazas de sanciones.  En contraste, entre el 30 de agosto y el 16 de octubre, el tipo de cambio subió 3 pesos, hasta situarse en 61.83 pesos. Para detener el alza se decidió emitir la famosa circular, que utiliza como pretexto el margen —que en septiembre y octubre había bajado a un promedio de 42 centavos— para presionar a los intermediarios a desprenderse de posiciones en dólares y ajustar el precio mediante cotizaciones a la baja para no quedar señalados como “posturas atípicas.”

Los resultados no tardaron en manifestarse y confirman el verdadero propósito de la comunicación. La tasa de venta se colocó el 23 de octubre en 60.73 pesos, una caída de 1.10 pesos en una semana. La carta no buscaba reducir el margen, sino manipular el tipo de cambio. Sin embargo, la experiencia demuestra que la presión cambiaria que no se elimina mediante cambios en los fundamentos no desaparece, solo se pospone.

Si el mercado percibe que el avance del dólar ha sido contenido con advertencias y no con fundamentos, interpretará el precio como un baratillo temporal. Quienes necesiten dólares en los próximos meses tendrán incentivos para adelantarse y comprarlos antes de que la trayectoria ascendente reaparezca.

La circular del BCRD bajó el precio del dólar, pero no aumentó de forma permanente la cantidad de dólares disponibles ni redujo la necesidad de comprarlos. Las causas de la presión siguen vigentes y volverán a conducir el tipo de cambio hacia su nivel de equilibrio, que en la actualidad supera los 66 pesos por dólar. Más todavía, a diferencia de una venta de reservas internacionales, que se publica y puede evaluarse, una amenaza administrativa no tiene una magnitud observable ni se sabe cuánto tiempo durará su efecto.

En 2025, el Fondo Monetario Internacional (FMI) reclasificó el régimen cambiario dominicano de facto como “flotante.” La reclasificación premió el hecho de que, desde febrero de 2025, el BCRD permitió mayor flexibilidad y, en gran medida, se abstuvo de intervenir directamente en el mercado cambiario spot. Al mismo tiempo, el FMI recomendó mantener esa flexibilidad —con el fin de que el tipo de cambio actúe como amortiguador de choques—, limitar las intervenciones solo para suavizar la volatilidad excesiva y establecer reglas de intervención bien comunicadas.

En un régimen flotante se puede y se debe regular la conducta de los intermediarios con el fin de asegurar la transparencia, la información al cliente, la sanción a la colusión o a la manipulación, mediante criterios claros aplicados en ambas direcciones. Lo que no cabe en un régimen de flotación cambiaria es que la autoridad defina qué margen es “razonable,” respecto de una referencia que solo ella conoce, y que amenace a través de una carta bomba con excluir del mercado a quien se aparte de ese nivel. Ese tipo de práctica administrativa debilita la credibilidad del BCRD. Si el objetivo es frenar la depreciación, dispone de los instrumentos de política, como las tasas de interés y las reservas. Del mismo modo, si el Banco Central pretende conseguir márgenes más estrechos, ha de hacerlo a través de una política monetaria consistente, predecible y óptima.

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