Voz ronca, mirada tranquila y un temple revolucionario que rumiaba con parsimonia y calma. José Mujica, el expresidente uruguayo, se ha despedido del plano terrenal. Ha dejado un legado que va más allá de su austera forma de vida y sus discursos sobre la sobriedad del alma.

Su mantra en temas de energía y los hidrocarburos, estaba arraigada en la soberanía y la sostenibilidad. Sobre todo, en cómo la región latinoamericana se debatía en una encrucijada energética. Como hombre veterano y curtido en la lucha y la resistencia, desconfiaba de la dependencia de los combustibles fósiles y abogó como parte de su discurso, por la diversificación de la matriz energética.
Su Uruguay, bajo su mandato, dio pasos significativos hacia la energía renovable, convirtiéndose en un referente en la región. Con un liderazgo pragmático, disminuyó la huella de carbono, fortaleció su seguridad energética y redujo su vulnerabilidad a las fluctuaciones de los precios del petróleo. Sin embargo, su pragmatismo lo llevó a reconocer la realidad de la dependencia de los hidrocarburos en muchos países latinoamericanos.
“No podemos cerrar los ojos a la realidad”, solía decir desde su modesto refugio en Rincón del Cerro. “Necesitamos energía para crecer, pero debemos hacerlo de manera inteligente, buscando alternativas y reduciendo nuestra dependencia del petróleo”. Esta visión, un equilibrio entre la necesidad y la responsabilidad, es un legado que cual simiente poderosa, germina con una resonancia innegable en un continente cuya riqueza natural contrasta dolorosamente con su exposición a los vaivenes implacables del mercado energético global.
La reciente crisis energética mundial ha puesto de manifiesto la fragilidad de la dependencia de los combustibles fósiles. Resulta fascinante observar cómo naciones bendecidas con vastas reservas de oro negro, como Venezuela y México, se debaten entre la dificultad de mantener el flujo de sus pozos y la angustiante danza de los precios del crudo. Mientras tanto, al otro lado del espectro, emerge una visión de futuro más resiliente. Países como Chile y Brasil han tomado la senda de la diversificación energética con una determinación encomiable.
La visión de Mujica, que combinaba la búsqueda de la soberanía energética con la preocupación por el medio ambiente, resuena hoy que ya no está con nosotros. Su llamado a la cooperación regional, a la búsqueda de soluciones conjuntas y al intercambio de conocimientos, es un camino que Latinoamérica debe explorar con urgencia.
El legado de Mujica no es un manual de instrucciones. No se trata de seguir al pie de la letra sus palabras, sino de internalizar el espíritu de su lucha. La “llama” que encendió Mujica no es un faro estático, es fuego que exige nuestra participación activa. Sobre todo, resuena en los corazones de quienes creen en un futuro más justo y sostenible para Latinoamérica.

